Political prisoners in Cuba

Nada mejor que el desprecio de los suyos

Nada mejor que el desprecio de los suyos
Estrategias para castigar a un preso político
Viernes, marzo 24, 2017 | Ángel Santiesteban

LA HABANA, Cuba.- Hace unos días viajé hasta la prisión de Guamajal, en
Santa Clara, para visitar al preso político Lamberto Hernández Planas, a
quien la dictadura, después de que cumpliera veinticuatro años de cruel
encarcelamiento, decidiera dar la libertad condicional. Y no sería esa
la única disposición de la policía política. Como sucede casi siempre,
detrás de la calma apareció nuevamente la tempestad, y esa borrasca
sirvió entonces para encubrir una trampa enorme que llevó a Lamberto
nuevamente a la cárcel.

Yo sé bien de esos procedimientos porque los viví en carne propia,
porque los vivo cada día, porque de la boca de los seres más
insospechados salen nuevamente los mismos comentarios que me llevaron a
prisión; y son esas calumnias, que salen de la boca de supuestas
ovejitas, las más peligrosas. Sin dudas la policía política es muy
habilidosa, tanto que hace caer en el jamo, incluso, a esos que conocen
y denuncian los viles procedimientos de la dictadura. Esos son también
sus cómplices, y yo lo sé porque ya me sucedió, porque me sucede todavía.

Lamberto llegó otra vez a la cárcel. Y resulta muy difícil escuchar a
algunos disidentes cuando ponen en duda las declaraciones de Lamberto,
esas que niegan haber estado implicado en un intento de violación. Esta
vez no le inventaron una causa que les permitiera decir que atentaba
contra la seguridad del Estado. Esta vez fueron más viles. Querían verlo
en la cárcel y lo consiguieron de una manera sucia. Lo acusaron de algo
que no había cometido y que es tremendamente repudiado en cualquier
sitio del mundo. Fue así que lo devolvieron a prisión para que
cumpliera, recluido, los tres años restantes de su sanción. Ahora,
cuando salga de la cárcel, habrá cumplido 27 años alejado de la libertad.

Resulta que Lamberto se mostró interesado en el periodismo
independiente, ese que acusa al régimen, y escribió, aun cuando le
advirtieran muchas veces que no debía hacerlo, aun cuando le recordaran
que estaba bajo libertad condicional. Lamberto escribió sobre un
derrumbe en la Habana Vieja, y por esa razón estuvo detenido varias
horas, pero continuó escribiendo. Ya había conseguido algunos
testimonios de varias familias albergadas, durante muchos años, sobre el
suelo de una vieja fábrica de acetileno, donde el Gobierno improvisó
luego unos cuartones para hacinar a familias que habían perdido sus
casas tras los derrumbes de varios edificios habaneros.

Años más tarde nacieron en ese improvisado albergue algunos niños, en
diferentes familias, que fueron diagnosticados con leucemia. Las
autoridades sanitarias del régimen, a pesar de tener el conocimiento de
esta desgracia, a pesar de que pudieron verificar que esos residuos de
la antigua fábrica de acetileno había provocado la enfermedad de los
infantes, no dio solución al asunto, pero si encontraron entre todos un
subterfugio que sirviera para castigar al intruso periodista y
expresidiario.

La Seguridad del Estado preparó la trampa. Cuando Lamberto se bajó de un
ómnibus, en la parada más cercana a su casa, una muchacha se quejó con
voz muy alta de que Lamberto la había tocado con lascivia. Por esas
casualidades que pocas veces se repiten, a menos que estén bien
planificadas, dos hombres que venían detrás de Lamberto abandonaron su
andar y comenzaron a golpearlo con fuerza, y luego se incorporaría un
tercero que aseguró estar esperando un ómnibus cuando ocurrieron los
sucesos.

En la esquina, extrañamente, aguardaba una patrulla policial que
intervino de inmediato, y sin hacer pegunta alguna, arrestaron a
Lamberto. La supuesta agredida resultó ser una fiscal, y ya sabemos que
la fiscalía cubana no es otra cosa que el brazo miserable de la
injusticia; y que recibe órdenes, que luego ejecuta, del Departamento
21, ese que atiende a los “contrarrevolucionarios”.

Allí, a su prisión, fui a visitar a Lamberto. Después de un viaje de
cinco horas hasta Santa Clara llegué a la prisión de Guamajal. Me
hicieron esperar gran parte de la tarde. Cuando comprendí que intentaban
evitar mi encuentro con el preso, rebasé el salón de espera y llegué
hasta la garita del perímetro de seguridad. Exigí ser atendido por las
autoridades del penal y me prestaron sus oídos después de repetir tres
veces las mismas exigencias. Finalmente conseguí encontrarme con Lamberto.

Tras el abrazo y los saludos, me explicó que los sicarios de la
Seguridad del Estado lo habían estado presionando, y que cada día se
aparecían con nuevos ofrecimientos para conseguir que abandonara la
disidencia política. Luego, y tras comprender que jamás lo convencerían,
le mostraron algunas fotos de su mujer mientras se abrazaba con un
hombre. Me dijo Lamberto que intentó ocultar su sorpresa, pero que el
dolor fue inmenso. Lamberto tuvo que soportar la burla de los guardias y
de los oficiales. Lamberto resolvió todo con una llamada telefónica a la
que fuera su mujer.

Aquellos sátrapas se salieron con la suya, consiguieron aislarlo de su
familia, y hasta llegaron a advertirle que lo mismo podrían hacerle
“esos disidentes de mierda”. “Esos también te dejarán solos. Un día se
olvidarán de ti, y nadie vendrá a verte”. Así operan. Toda estrategia
tiene un final idéntico, alejarlo de la manada, dejarlo solo y sin
aliento, para que muera triste y solitario. Eso sucede siempre con los
presos políticos: conseguir su abandono, el olvido, el aislamiento. La
policía política se equivoca cuando no reconoce que estos presos no son
parte de una manada de lobos, cuando no reconocen que estos presos son,
por encima de todo, seres humanos. Y yo lo sé porque todavía me sucede.

Source: Nada mejor que el desprecio de los suyos CubanetCubanet –
www.cubanet.org/opiniones/nada-mejor-que-el-desprecio-de-los-suyos/

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